12 may 2008

Hace mucho tiempo me leí un libro de Vicente Romero, creo recordar que el libro se llamaba algo así como "palabras que se llevó el viento", Un libro cargado de historias emotivas, reviindicando toda clase de maltratos, de abandonos, abusos, etc....me he paseado por un blog que cerré hace cosa de un año, y me he tecleado en un día cualquiera de los muchos que escribí, me ha salido una pequeña historia contanda y narrada por Vicente Romero, no sé por qué cuando la puse en mi blog elegí ésta, quizás por que siempre he "jugado" con la soledad, con la muerte lenta que ésta provoca.....el libro totalmente recomendable, me emocionó, aunque he de reconocer, que como Vicente Romero hacía una crítica de muchas cosas, llegó un punto que pensé no podría consumir casi ningún producto, hablaba de nestle en sus historias y del abuso infantil, de como muchas ong's aprovechan para enviar medicamentos caducados en acciones solidarias, incluso llegando a enviar laxantes al 3ºmundo...muchas incongluencias, muchas denuncias escritas, y toda una lección de humanidad por parte de este gran periodista, aquí os dejo un fragmento de una de sus historias minimas....Te hecho de menos Vicente en tu pequeño espacio, en el aquel programa de martes por la mañana....


Caminaba de madrugada por el bulevar Saint Michel, tras salir de la cueva de jazz de la calle Huchette en el corazón del barrio latino, cuando me crucé con una anciana envuelta en harapos que iba hanblando sola. Llevaba dos enormes bolsas de plástico, que seguramente contenían todas sus pertenencias, y mascullaba maldiciones y protestas contra todo. Puede que estuviera borracha o, tal vez, embriagada de amargura y soledad; es decir, loca.
Un personaje que, aunque parezca mentira, nos hemos acostumbrado a ver en las calles de las grandes ciudades; que aquí hemos empezado a llamar sin techo, y que los franceses denominan clochard, casi convirtiendo su destino en una extravagancia social, con un término que disfraza culturalmente la realidad de una marginación y un abandono que nuestra opulenta y democrática sociedad no ha tenido voluntad de remediar.
Aquella mujer me recordó otra escena que contemplé años atrás, también en París, en una estación de metro, abarrotada de gentes que esperábamos la llegada del tren. Un hombre mayor vestido de payaso, que reía sin cesar, se movía compulsivamente, como sacudido por calambrazos, daba pequeños sustos al prójimo aproximandose a sus caras, y canturreaba una vieja canción francesa. El caso es que logro crear un clima de diversión. Hasta que llegó el metro y quedó sólo en el andén. Pero no se detuvo. Continuó saltando, riendo, cantando, bromeando sin nadie que lo escuchara. Tal vez actuaba para un publico de fantasmas que existían en su mente. No era un payaso, era un loco. Y en el vagón todos nos sentimos desconcertados. Los que viajábamos solos, mirándolo con semblantes muy serios. Los que iban acompañados, haciendo comentarios sobre él en voz baja, casi al oido. Entendimos tarde que aquel hombre vivía en otro mundo, que estaba en este pero que nuestra realidad tenía poco que ver con la suya. Nuestra risa había sido torpe, provocada por un tipo poseído por la soledad y la angustía, que reía en vez de gritar como la anciana que ví el domingo por la noche.
A siete grados bajo cero, el viento helaba la piel del rostro y las manos. La pobre mujer debia estar aterida. Y de repente, cuando ya nos habíamos alejado, ella comenzó a gritar, a dar unos aullidos desgarradores. No había nadie que la escuchara, ni tampoco gritaba para que la escuchara nadie. Gritaba como si la estuvieran matando, pero gritaba para si misma. Y realmente- en realidad, solo comprensible para ella-la estaban matando, o la estaban dejando morir que es casi lo mismo. Porque lo único que somos capaces de hacer por esos locos, borrachos de soledad, es abrirles las puertas de una estación del metro para que refugien su frío y duerman sobre unos cartones. O meterlos en un albergue siempre provisional. Pero no hay una institución que estudie las raices de su marginidad, ni su estado anímico, para ofrecerles una solución-al menos un paliativo-individual, a la medida de sus vidas. Que curioso que esté prohibido suicidarse, que la policía se esfuerce en impedir un suicidio, detenga a quien lo intenta y le proporcione atención psicológica. Pero que no esté prohibido, sino consentido, morirse lentamente de abandono y soledad.

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